sábado 12 de mayo de 2007

Con nocturnidad y alevosía.

En los turnos de noche sueles ver cosas más extrañas y te encuentras con personajes realmente variopintos. No sé si es porque la oscuridad es un manto que cubre rastros y permite licencias o que distorsiona la realidad y parece todo más raro de lo habitual.

De todos modos, era una de esas noches raras. No había cenado demasiado bien y tenía un hambre atroz. Es lo peor que te puede pasar en dónde trabajo, pues tienes una tienda entera de chucherías. Nada sano. Que si Tigretones, que si patatas, que si chocolatinas... Todo tiene una pinta estupendísima pero la parte mala es que si comes algo de eso sigues teniendo hambre.

Menos mal, que en ocasiones como esas, una es previsora, y ya me había surtido mi taquilla con pan de molde, embutido variado y queso en lonchas. Pero de eso ya hacía 4 días. Lógicamente sólo me quedaban tres rebanadas de pan y 5 lonchas de queso. Ñam ñam.

Ante la vista de tan “escasa” cena me desanimé un poco. No quería hincharme a patatas o gorrinadas por el estilo para luego quejarme de “Uy, mira qué culazo tengo” ó el típico “¡Anda! Pero si estos pantalones antes me cabían...”.

Entre enfurruños varios puse dos lonchas de queso, pan, las tres lonchas restantes y más pan. Así un sándwich de tres rebanadas con queso y queso. Mmmmh... delicioso. Pero de pronto, un movimiento en la ventanilla hizo que me sobresaltara. En cuanto lo ví, sonreí. Un gato.



Pobrecito, estaba tanto o más hambriento que yo. No paraba de restregarse contra el cristal y ronronear mirando en dirección al sándwich de queso con queso. Y claro, cómo a una que no le gustan los animales ni tampoco estaba tan aburrida que un gato le pareció un entretenimiento más que suficiente, pues ala, venga a dar toquecitos al cristal mientras el gatito olisqueaba por el otro lado y seguía curioso mi dedo.

Al final se me ocurrió la genial idea de “¿qué pasaría si abro el porta paquetes?” Ni corta ni perezosa, dejé la trampilla a mitad a modo de puente. El gato miró el porta paquetes. Me miró a mi y se sentó. “Vaya” Pensé “Y yo que creía que entraría, me ha tocado el gato menos listo”. Volví a llamar la atención del gato en cuanto le di un mordisco al sándwich. Comenzó de nuevo a restregarse por el cristal mientras maullaba.

Abrí el sándwich, cogí una loncha de queso y la asomé por mi mitad abierta del porta paquetes. No hizo falta muchas más explicaciones, así que el animal entró por un lado y asomó la cabeza (no sin ciertas reservas). Husmeó el aire sin apartar la vista del cachito de queso que todavía tenía entre los dedos. Rompí un pedacito y se lo acerqué al morro. No hizo ni un aspaviento ni si quiera tuvo miedo, abrió la boca y de un lametón, me lo quitó de los dedos.
Me aventuré a acariciarlo y se dejó. Miré por si llevaba collar (si es que se había perdido) o le notaba el chip. Una vez visto de cerca vi que era un gato callejero. Tenía una orejita partida, varias cicatrices y la cola ligeramente torcida. Pero seguía siendo manso. Ronroneaba mientras le tenía jugueteando entre mis piernas y restregándose para que le diera más queso.

Después, volvió a encaramarse sobre el porta paquetes a modo de que le dejara salir, le abrí y se fue por donde vino.

Al turno siguiente le comenté que había tenido un inquilino un buen rato y me dijeron que hacía un par de días que rondaba por los alrededores. Pero después de ese día no volvimos a verlo.

No sé, posiblemente el queso no le gustó. ¿O fue la compañía?